you love your shyness and need your loneliness...
Aomine Daiki había creado tantos muros que se habían convertido en un complejo laberinto mental sin entrada ni salida. Para él, esos muros eran muy reales. A pesar del miedo y la decepción, luchó para conservar su humanidad, en su esencia aceptó todo tipo de horrores como la vanidad, la indiferencia y la ira. Fue mucho más fácil nombrar esos muros como símbolo de superioridad en vez de una defensa ante cualquiera que se atreva a ver a través de su vulnerabilidad.
Lo único inocente y novato que aún conservaba su básquetbol era su aislamiento y la pureza en el viento que lo acompañaba, neutro e inmaculado. Demasiado arrogante para nunca experimentar una derrota y demasiado desesperado para suplicar un nuevo ciclo de vida con diferentes capacidades y formas que puedan retar su monotonía, de ser simples victorias a transformaciones lúcidas, un nuevo territorio que desafíe su equilibrio y le ofrezca un básquetbol con propósito. No abandonó los entrenamientos porque estimara que había superado cualquier limite físico y estratégico, sino para proteger a los demás de su propia fuerza, considerada abrumante, imponente, humillante y desesperanzadora. Se aisló porque se estaba convirtiendo en el depredador de su propia ideología: «Alguien que ama el básquetbol no puede ser una mala persona», el monstruo que le atormentó y él aceptó ser, no estaba en sus fintas ni en sus tiros sin forma, sino en su propia contradicción.
«Si tiene que ver con el básquetbol, no me importa lo que hagas, pero ni se te ocurra meterte con ellos de ninguna otra manera. Deberías entenderlo con sólo verlos, han entrenado mucho para llegar hasta aquí, así que no hagas ninguna tontería» — Tomo 20, Capítulo 2, Página 42.
Esta advertencia que dirige hacia Shōgo Haizaki me hace entender que percibe el básquetbol como un reemplazo de la agresión a una forma regulada y aceptada de enfrentamiento simbólico. Es una válvula de escape para emociones que de ser liberadas de otro modo podrían estallar en la vida social, cultural o política; es mucho más que una disciplina deportiva, es un juicio que enfrenta a las tensiones.
Aomine Daiki es un basquetbolista con una pedagogía muy individual construida por sí mismo, con técnicas y lenguaje que rechazan lo académico. Esta sublevación le permitió desarrollar el dominio total de un estado mental tan complejo como «La Zona». El que sea el único capaz de controlarla es el resultado de una fidelidad pasional hacia sus deseos consientes que los sincronizó con los instintos energéticos de su cuerpo. El básquetbol es el único sitio en donde él puede expresar, descubrir y representar con libertad a su yo real.
Lo académico enseña a separar el alma del cuerpo, infravalora la amistad, la empatía, el sentimentalismo y el concepto de comunidad; prioriza el individualismo, la competitividad y el éxito inmoral a través del esfuerzo aislado. Suele ser elitista, puesto que ignora que el deporte converge con la realidad social y política. Los «parámetros intelectuales» dividen la razón —elevada—, de lo físico —primitivo—. Incluso Platón consideraba que una actividad desbordante de «ritmo» y sentimentalismo podía desordenar las almas.
Entre los deseos de Aomine Daiki, no se menciona la fama ni presume de un muro dedicado a trofeos, reconocimientos o medallas, porque su básquetbol no busca sorprender a las masas, sino aprovechar al máximo el cuerpo, tanto el de él, como el de sus compañeros y oponentes.
Todos estos elementos son el motivo por el que comenzó a almacenar un malestar muy abrumante cuando creía haber superado cada límite de este terreno baloncestista. Lo más doloroso para Aomine Daiki fue comenzar a someterse a una estructura académica de superar a los demás sin invertir ninguna emoción real en el juego, fue como si toda su identidad de repente fuese rechazada del único sitio que consideraba seguro e inmune a la exclusión; lo que lo llevó a convertirse en todo lo que antes detestaba: Una persona que no respeta el básquetbol porque prioriza satisfacer a un grupo académico intelectual por encima de su propia felicidad y la de los demás. Me molesta que él haya pasado por todo esto porque el nuevo entrenador de Teikō convirtió el básquetbol en un negocio de ideología individualista. El no disfrutaba en absoluto humillando a los demás. El trasfondo de su propósito no se trataba de encontrar a un rival o a someterse a una derrota aplastante, sino de encontrar a una persona que no le hiciera sentir que le estaba arrebatando la alegría de jugar básquetbol.
Su segundo encuentro contra Seirin fue una derrota dolorosa, porque lo habían despojado de su nueva sombra. No era la sombra que él conocía, la que nace de la luz, sino la que nace a través de la espera impotente. Con ella comió, se duchó, durmieron juntos, jugaron basquetbol juntos y esperaron juntos… Algo tan pequeño como un único punto de diferencia fue como un coro hacia su corazón que anunciaba su liberación. Sus suaves palabras admitiendo la derrota como una voz haciendo eco en una caracola. Una noche de insomnio, ansiedad y nauseas, fueron los síntomas a su síndrome de abstinencia tras una serie de victorias que le hacían sentir más como un extraño en terrenos que parecían un sueño efímero, en vez de un momento real que más tarde recordaría con nostalgia. La promesa de Kagami Taiga de volver a enfrentarse algún día, una señal para su corazón que se había traducido como un «A pesar las tensiones del pasado, es divertido jugar contra ti, nos motivaste a esforzarnos y ha valido la pena». Y se curó. Finalmente, él había sanado.