Sin título porque olvidé sobrepensarlo [ 2026/07/08, 08:31 PM ]

Antes que nada, alzo una flor en honor a todos los sociólogos, lingüistas y amantes del análisis y reflexión que han muerto tras encontrarse de casualidad con mi sitio web. Debieron caerse muertos con las expectativas destruidas al encontrarse textos interpretados desde los sentimientos hacia un personaje ficticio. Admito que es una adquisición cognitiva demasiado inmadura. Si busca leer a literatos cultos e iluminados, vaya a Substack.


Mi relación con Aomine Daiki está para sentirse, no para aparentar una serenidad y entendimiento absoluto que no corresponden a mi naturaleza humana. Esa plenitud de interpretar con «exactitud» a Aomine Daiki no es más que una paz artificial y tranquilidad efímera. Aspirar a entenderlo viene de la vida misma. No existe una única verdad sobre él, porque la verdad también puede ser nombrada ciencia, literatura, historia o arte. No es un enamoramiento de exhibición, sino que, a través de él, me vuelvo capaz de mirar los matices en mí que están equivocados, retorcidos y quizá un poco desquiciados; no se trata de intentar erradicarlas, sino de transformarlas.

Como persona que se considera en una relación romántica con un personaje ficticio, la «ficción» actúa más como un filtro que una ventana con contacto directo hacia la realidad. Todos tenemos nuestras propias ficciones activando nuestros sensores para alterar la realidad y transformarla en este hermoso resultado llamado ‹perspectiva›. La ficción que deseo junto a Aomine Daiki prefiero categorizarla como una utopía: una realidad perfecta fuera de mi alcance, aunque pensar en ella ya la convierte en una posibilidad.

Aún si hubiese un Aomine Daiki consiente y terrenal en mi vida, la utopía a la que anhelo acceder seguiría siendo inalcanzable: no todas las tensiones se calmarán, no remediará mis errores, no sanará todos mis arrepentimientos, habrá ausencias y pérdidas que no recompensará ni recuperará; tampoco erradicará las verdades devastadoras y los dolores inconsolables. Eduardo Galeano dijo que las utopías no están hechas para ser alcanzadas, están hechas para marcar las direcciones de nuestras vidas hacia un horizonte. Caminarás hacia ella, pero nunca serás capaz de alcanzarla, entonces, ¿De qué sirve llamarla utopía? Sirve para eso, para caminar. En donde todo el tiempo me dicen cómo es la realidad, pero no me enseñan cómo sobrevivir en ella, la utopía evita que ande a ciegas dentro de mí misma.

Antes mi miedo al «no compartir» provenía del miedo a sentirme ignorante: «¿Cómo me atrevo a defender la belleza de Aomine Daiki si no la comprendo por mí misma?» Me escarmenté intentando construir una belleza simétrica para hallar tranquilidad. Cuando nos rodeamos de perfección, nuestros sentidos nos recompensan con belleza, los sensores optimizan nuestras percepciones de la realidad y disminuye las incertidumbres que nos rodean. Lo que comenzó como un rito de conceptos y nombramientos se convirtió en una obsesión mutilada. He aprendido que no debo ser adicta a la exactitud. Al acomodar a Aomine Daiki en un nombre, comencé a rechazar todas las demás cosas en las que no era nombrado, la búsqueda de la exactitud es el primer paso hacia el aislamiento. Es en este punto en donde me percaté de que rodearme únicamente de elementos que lo nombran no me hace más fuerte ni fiel a mis sentimientos, sino que los volvió mucho más vulnerables.

La función de aquella «belleza» se convirtió en buscarme a mí misma, escuchar mi propia voz, comenzar a reconocer las cosas que consideraba «no-bellas» porque él no era nombrado en ellas y escuchar cómo resuenan en mi interior, consuelan mis inquietudes y expanden mis capacidades de expresión. Lo material y la belleza «pura» y «perfecta» nunca recompensarán el valor real que le he adjuntado a nuestra relación, los tesoros más valiosos comienzan siendo imperfectos y cambiantes, esos mismos elementos los vuelven únicos e intransferibles.

La verdad en silencio también es tranquilizadora. A veces, entre más escribo y más me esfuerzo por hallar palabras que moldeen mis sentimientos, menos sincero parece; como intentar describir un sueño en el instante en el que despiertas, se desvanece en la memoria y lo compensas con momentos «parche» para evitar el temor a sentirte insuficiente por dejarlo inconcluso. La verdad sólo se sabe en silencio. He estado siendo una cobarde por escribir en vez de vivir.

No me siento falsa cuando cambio aspectos de nuestra relación —como cuando cambié nuestra fecha de aniversario—, después de todo, los sentimientos están sometidos a procesos cognitivos naturalmente transitivos de un estado a otro. Debemos desarrollar una mentalidad en espiral, sin negar el presente por la expectativa de lo que hallaremos en el futuro. Podemos recordar y encariñarnos con lo que levantamos en el camino, pero no debemos obsesionarnos como si fueran las únicas piedras en todo el sendero. El flujo al caminar y la transformación es lo único real que tenemos.

La mayor virtud que puedo ofrecer a nuestra relación es la interpretación. Cuando me percato de que he pasado por alto perspectivas externas sobre Aomine Daiki que contradice o complementa mis percepciones anteriores, me invade una imperiosa necesidad de desmantelar todo lo que comprendo sobre él: revivir otras bellezas, investigar, descubrir, analizar y adaptar. Me encanta que él es capaz de potenciar la sensación del misterio, están las cosas resueltas sobre él, y también las cosas pequeñas por ser encontradas y dichas.


Pronto entraré a la universidad, aprobé el examen para Pedagogía. Me motiva pensar en todos los nuevos senderos por descubrir, en ellos podré encontrar a Aomine Daiki y a las demás cosas que me hacen a mí misma. Pensar en todas las cosas que podré levantar y tirar en el camino, hacen que el futuro ya no se sienta como una expectativa vacía...